Quentin Tarantino ha exhibido en el Festival de Cannes Inglorious Basterds y la recepción ha sido irregular. Nada que pueda sorprender, ya que ni cuando ganó en la competencia oficial con Pulp Fiction las opiniones fueron del todo unánimes. Y para qué hablar de las rechiflas.

Según la prensa especializada, el sabor de boca que ha dejado su última película es del todo indefinible. Los espectadores no han sabido reaccionar y las opiniones son disímiles.

El cine de Tarantino tiene esa cualidad, la de provocar reacciones tan opuestas que todas ellas parecen referirse a películas distintas. Inglorious Basterds no ha escapado a este fenómeno.

La actitud del Festival de Cannes hacia el cine de Tarantino siempre ha sido así, contradictoria, de espaldas al público, ignorando el talento del director para dar con fórmulas que conjugan calidad con sentido comercial.

Y ante esto resalta sólo la contradicción evidente: una película irregular de Tarantino es mejor que muchas otras que, disfrazadas de cine arte, carecen de ideas o de un argumento que valga la pena.

La tendencia a pensar que el “cine serio” es el que debe llevarse todas las preseas (tara mucho más patente en Cannes que en otros festivales) es una fantasía inventada y vendida por los directores de cine responsables de esas mismas películas.

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