Es innegable que las series sobre adolescentes tienen éxito. Historias de jovenzuelos azorados por su dura vida de preveinteañeros de clase media-alta poseen un inexplicable encanto en la televisión española.

Series juveniles: la panacea de la T.V. española

Los superhéroes españoles modernos no superan las dos décadas de edad (al menos en la ficción); viven en internados y van a clases con profesores que, al parecer, prefieren enseñarles los recovecos del sexo grupal a instruirlos en cosas que les ayuden a encontrar un empleo.

Son individuos unidimensionales, con aspiraciones reducidas a bailar o cantar bajo el pretexto programático de identificar a la “juventud española”, cuando ese concepto engloba una realidad bastante más amplia.

Personajes estereotipados: el malo, la putilla que se entromete en el romance central, el rebelde, el padre incomprensivo, la madre protectora, la buena, toda la fauna reunida en situaciones vistas hasta la saciedad, carentes de profundización dramática y con guiones repletos de tópicos.

Y aunque las generalizaciones son peligrosas, no se puede negar que la creatividad de los guionistas está muy por debajo de lo que se les debe exigir a producciones de ese tipo. Resultados de sintonía aparte, las malas actuaciones abundan. Baste con echar una ojeada a la última oferta de Antena 3: 18.

Interpretaciones sacadas de congelador; protagonistas que, de no mediar su atractivo físico, no impresionarían ni a una piedra; una historia centrada en actores incapaces de sostener una escena por si solos y un guión son mayores sorpresas, caracterizan en parte a estas series juveniles españolas.

Pero, claro, si la sintonía acompaña para qué buscar la quinta pata del gato. Además se trata de una fórmula probada, y si algo da resultado para qué cambiarlo. Un clásico.

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